dissabte, 16 de juliol del 2011


Te odio, te odio por todo lo que has hecho de mí y conmigo. Por meterme en tu cama a sabiendas de que sería la gota que colmaría el vaso para perderme por ti. También te odio por ser la persona más maravillosa que se ha cruzado en mi camino en estas 15, casi 16 páginas de vida. Te odio por quererte, porque me quieras, por odiarte a veces, por mirarte a escondidas cuando tú miras hacia abajo. Tú también me odias, estoy segura. Me odias por ser así, tal como soy contigo, por quererte por las tardes, y a veces, por las noches. Supongo que también me odias por las veces que te dije “te quiero” o por las veces que me lo callé. Seguro que piensas que soy cobarde, y sobre todo una hipócrita. Por qué yo me he dado cuenta de que sin ti no podía, una milésima de segundo después de cerrar la puerta de tu coche, justo antes de que te fueras. Y nevaba, era la primera vez que nevaba en tres años; para mí era la primera vez, la primera contigo. Y dolió, y sigue doliendo, no sabes cuánto dolió el decirte que te fueras, el susurrarte llorando que no quería saber nada más de ti y ver que te caía una lágrima y no dabas reaccionado. Y me sigo muriendo por dentro al verte pasar a mi lado y no poder pararte, y decirte, que te echo de menos, que mi vida es una mierda desde que no me sonríes por las mañanas, que a los meses les faltan días desde que el 13 no es nada en nuestro calendario, que quizá, dentro de un tiempo no vuelva a verte, pero estaré esperándote toda mi vida. Que llevo echando de menos esa voz en formato susurro cinco meses enteros. Que me se tu número de teléfono, pero también el número de los escalones que hay desde el portal hasta tu puerta y me sé también el número tatuado en tu muñeca…Y cómo no, esos detalles de los que tú decías que seguro no me iba a acordar cuando pasase el tiempo… me los sé todos, me acuerdo de ellos y me acuerdo de ti todos los días. Y recuerdo el día de la flor blanca, cuando tuve un anillo de regaliz en el dedo y se me olvidó la rosa en el coche y me la trajiste a casa, y todo lo que lloré el día que lo dejamos, y también recuerdo las noches sin dormir esperando un mensaje que pusiera algo así cómo “sal, estoy esperándote fuera” o “te echo de menos” o cualquiera de esas cosas que yo no me atreví a decir. Que el tiempo pasó, mi tiempo. Y que ahora, es tu turno.

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