dimarts, 12 de juliol del 2011
A mis quince, casi dieciséis años, he vivido una historia de amor alucinante. Lo conocí tres años atrás, un 27 de mayo. La verdad, al principio era un estúpido juego de cría, que no tenía futuro. Yo no sabía nada del amor y el empezaba a saber lo que era. Sí, me porté mal con él, tan mal que cada vez que lo recuerdo me doy asco. Pero poco a poco, fuimos creciendo y lo que al principio era quedar debajo de un puente para que nadie nos viera, se convirtió en pequeños tiempos juntos sin miedo a que alguien nos viese. Lo conocí más, y me enamoré. Es verdad, jamás lo he admitido, y jamás podré demostrarle lo mucho que lo necesito, pero eso es otra historia. El pasar tardes con él, me daba la vida. Después fueron besos, caricias, días, primeras veces… Un cúmulo de cosas que harán que él esté presente en mi vida, los días que me resten. La última vez que estuve con él comenzó un 31 de agosto, oficialmente, un 13 de septiembre. Lo he querido tanto esos días de otoño, que al recordarlo se me caen las lágrimas, cómo si viviese la intensidad con la que lo quería cada segundo del día. Él también me quería, lo sé. Más que a su vida, no me cabe la menor duda. Y yo… pues yo, lo sigo queriendo en silencio. Prefiriendo verlo de lejos a no verlo más, prefiriendo estar lejos de él y sufrir a estar a su lado y que sufra él. Que yo lo quiero a mi manera, que ya sé que no es la más especial del mundo, ni mucho menos. Pero lo quiero, más que a mi vida. Y por él, lo dejaría todo.
Subscriure's a:
Comentaris del missatge (Atom)

Cap comentari:
Publica un comentari a l'entrada